Credo.

Creo en los intentos de vuelo. En los saltos a la eternidad de un risco o al arenero de los parques. Creo en los columpios y los aeroplanos , en los globos y los paraguas, en los animales de los juegos mecánicos y las bicicletas, en el café y las vitrinas. Creo en los equilibristas, en los funambulistas, en los retos de escalar el aire.

Creo en los relojes rotos, en las adivinanzas de las nubes, en los infinitos materiales de la imaginación. Creo en las calles vivas, en sus senderos interminables, en los colores de la gente, en su cartografía de voces y silencios, en las caras rotas por los golpes del cincel y la suciedad de la vida, en las coincidencias de las miradas, en los amores de un instante o de la eternidad, creo en que duran simultáneamente igual. en las transmisiones eléctricas del espíritu, en todas las interpretaciones, en la fortuna y los accidentes del pensamiento.

Creo en la música, en su calibración en el cuerpo, en sus cuerdas para hacernos girar en el espacio. Creo en el azar de los sonidos. Creo en la advertencia de las ruinas, en la guardia de los árboles, en la invasión de lo silvestre, en el encuentro de los animales, los perdidos en la ciudad, los libres en la tierra, los que corren, los que vuelan.

Creo en las noches. En los sonidos del alma. En la fabricación de los sueños en el cuerpo. En su movimiento escondido. En las sombras de dueños e inquilinos que deambulan de una habitación a otra. En los edificios internos resistiendo el olvido con sus siluetas y ventanas abiertas.

Creo en los papeles viejos, en las hojas arrugadas, en los cuentos inconclusos, en las historias de los muros. En los designios de los libros esperándonos como un vagabundo escondido contra el frío. Creo en las cosas comunes. En el silencio de los objetos. En la quietud de la gente. En las cosas que no guardan un nombre todavía. En lo que sigue oculto del lenguaje.

Creo en las venas abiertas. En la sangre encendida del cuerpo. Creo en la temperatura de la lengua. Creo en todos los ojos sin rostro. En el contacto único de un momento. En la desvergüenza de la piel. De un dedo acariciando una pierna en la tregua del tiempo. Creo en los besos procaces, en los despertares tempranos, en la fe de las urgencias. Creo en el abismo de un ombligo, en el dibujo lento y ciego de un cuerpo por las noches. Creo en las noticias en voz baja. En las palabras que nos topamos al doblar una esquina. En los mensajes bajo la mesa donde los cuerpos se encorvan, en los diálogos desnudos donde la espalda se arquea.

Creo en la historia de mis pies, en el temblor de las piernas. En las breves muertes sucesivas, en la pausa del aire y el interior desbordado. Creo en el sudor y el espacio donde uno se desangra, creo en el escape, en el salto fuera de uno mismo. En las huellas que tatúan los pasos.

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