15/07/2012

Las cosas se heredan. Levanto los ojos y eso grita el vacío. Las cosas se heredan, los sueños se heredan, los saltos se heredan, el cuerpo se hereda. Los ecos vienen retumbando desde el lago más profundo entre las rocas. Desde esta habitación donde las paredes se abrazan y giran hasta comprimirse en pequeños cuerpos, frágiles, aferrados el uno al otro. Esta noche se hereda, esta mañana se hereda, no de antepasados, de eventos y tiempos, algunos,  pero más que otro, de los pasos inmediatos. De lo último que pisé la noche anterior.

Las miradas se heredan. Creo que todos tienen un auditorio imaginario, que no se pierde nunca, que deja entrar y salir individuos, sombras barnizadas en muñecos de madera, siluetas sostenidas en los bordes de la memoria. Quiero deshacerme en primer lugar de las miradas, quiero vaciar mi auditorio, quiero deshacerme del personaje, tirar el saco en el suelo, bajar el paraguas, guardarlo, quitarme el sombrero y dejarlo girar en el piso, quitarme los zapatos, tan limpios como incómodos, y todo esto trae el abandono de personajes, el desinterés de otros ojos de saber qué estás haciendo con tu vida, jugando al mimo que sostiene una enorme caja de vacío, una gran carga de aire, o al malabarista que espera hundido en el tiempo el lento caer y subir de las mazas.

Estoy cansado y hasta cuando leo mis palabras me doy cuenta de ese cuento que se forma, que entra en la página del tiempo, y sus ejes, medidas, su espacio me parece estrechos. No quiero hacer un cuento al intentar escaparme, quiero esos colores en los dedos, quiero hablar de la estampida en maravilla de millones de animales de color noche, amanecer, estrella que huyen de la guadaña de la luz.

De esa luz flotante en un ojo-galaxia, de esa luz que se desplaza de un planeta a otro en un pasaje de tren bañado de arañas de luz amarilla. Del frio al golpearme en carrera un lobo de nieve, de la paz que siento al mirarlo, de esperar su avance lento un segundo antes de devorarme.

De lo que siento de verdadero que me da forma, pero sobretodo, me abre forma, me expande como brasas de flores ardientes levantándose para abrirme la piel, los huesos, dejarme en la embarcación de esa nube vacía que desborda.

Somos accidentes electroacústicos, aguardé tiempo y al fin se me hizo plasmarla en palabras, desde aquel día que la leí en imagen. Es lo más cercano a lo que siento, a esas avenidas llenas de luz azúl, amarilla, que me atraviesan y nunca se quedan, esas avenidas llenas de luz azúl, amarilla que se separan por mares de noche para no entorpecer su fugaz carrera a través de mi.

Las imágenes, darse cuenta de las imágenes que vienen a ser portadas de discos reflejadas con la mala recepción de una televisión de los ochenta, reflejadas en la densidad de mi cuerpo mostrando lo destacable en mi vida, con colores, con formas, con breves marcas que se alzan como castillos que se destruyen hacia los lados, explotan, como si el pie de un niño les cayera.

Mi, llevaba tiempo sin tocarme, sin hacerme parte, sin decir, esto es mio, esto lo toco, lo interno, arde, generalmente hablando de fuera, con las hojitas en la cara para no perder la palabra escrita, con esos diálogos de señor anfitrión, esas cortesías verbales, esas lenguas políticas.

Por eso hay que correr, no nos quedamos nunca, no estamos dentro, siempre es estar fuera, siempre en la carrera, tu pie cae, mancha, se desvanece, desaparece. Es así, aunque te vayan diciendo –y escribo te vayan que soy consciente de esto- que las pisadas perduran, permanecen, no aplica a la vida. No aplica en mi vida.

Soy resonancia, que se abre, se expande y desaparece. Que vivo un instante y tengo que renacer y morir como los latidos para crear la ilusión de permanencia. Tengo que brillar y apagarme, y volver a encenderme para otra vez ensombrecerme,  como los cerillos, como los semáforos en sus intervalos, como la vibración de las bocinas en un concierto, como los párpados, como los soles que nacen y mueren en la breve lengua del tiempo.

La desintegración.  Eso soy. La separación de energía, impulsos y fuerzas. El levantamiento de mis partículas que se despiden de mi cuerpo en desplantes de alegría, que despegan de mi boca mientras sonrío en la oscuridad.

Soy ese hombre de blanco. Soy ese hombre de negro. Soy ese hombre de nieve. De frío, de ausencia. Soy ese hombre de sol. De fuego, de impacto en la tierra partida en precipicios de arena. Me gusta el traje, me gusta el sombrero, me gusta el olor de lluvia en la noche en mi traje, me gustan los bolsillos que trae en la chaqueta interior, me gusta caminar en las noches así, con ese atuendo pantalla, con ese disfraz cómodo para bajar a lo que unos llaman la vida.

Acomodo la caja de voz, la caja de vibración en la garganta, la que sonoriza los mundos interiores y les provee salida. A veces, la afino, la pongo a tono, le giro las cuerdas, el estado de la madera, los compartimentos, las cajas.  Y de ahí como en los xilófonos, en las cajas de música salen panales, abejas, aves fugaces que levantan sus alas y se desplazan seguras y lentas como ballenas en la mar.

Aquí descanso de las letras, aquí las dejo de ver con la lupa del idioma, aquí les apago la luz. Aquí en esto que es el cuadro en el que parpadeo, en este universo llamado internet donde tengo un blog y a veces trato de tocarme y ver que hay hoy con estas manos que se desvanecen en estrellas glaciales al contacto.

RM.

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