Los días sin nombre.

I.

Verde es bueno R., sólo no quiero combinar los colores esta vez. Arriba, amarillo, el color parecía venir bien a la habitación, aparte, ella incluyó las paredes norte y sur para pintarlas también. Había quedado una pared en blanco, el techo y dos lados de amarillo y el espacio del closet y la puerta donde apenas y cabía un blanco sucio.  El techo y estas paredes me pertenecen, podré colocar lo que ahí quiera. El piso, la pared y el closet son tuyos, veamos cómo funciona.  Necesitas piso para tus libros, tu escritorio, tu ropa. No, me las arreglaré, me quedaré con las cosas aéreas. Colgaré repisas,  unos cuantos clavos y bolsas, puedo colgar canastas. Como quieras, entonces esta es mi pared. Sí. ¿Dónde dejaste el azul? Antes píntame.

Para su ombligo usaba el liner por eso de los detalles. Era la prolongación del juego porque cuando llegaba ahí ella estaba casi en su totalidad cubierta de amarillo. Era recrear el ombligo fingiendo que sus rodillas no se habían cansado, fingiendo que podía pasarse la tarde dándole detalles a su abdomen, repasando el contorno de la cintura como si el pincel y el color estuvieran moldeando una escultura. Después hundía los dedos y la nariz en el azul y presionaba la piel de ella para estallar breves tréboles en su cuerpo. Decidía mantener la mirada a la altura de su abdomen y su sexo y esperar a que ella le acariciase la nuca. Si esto ocurría él hundía la nariz en su ombligo para esparcir en ese origen el verde que por fragmentos le gustaba mirar.

R.

Sé que este disco iba en medio. High Violet – Amnesiac – Ft. Lake. Ese era su orden. La separación debe ocurrir de noche. Coloco Amnesiac en medio pero ya no va ahí.  Hace ruido. Muevo Amnesiac con los discos que olvidó y el ruido se termina. Los objetos toman distancia, he incurrido en este acto separado de silencios y lentitudes que la diferencia me pasma cuando se revela. Un extraño entró de noche y apartó las cosas,  las distribuyó de un lado al otro de la habitación, pero es en los discos donde noto la transgresión. Es en su música separada de la mía.

Lo que la canción dice realmente es i’ll explain everything to the geeks, lo que escucho una y otra vez es ill explain everything to the dreams, y esta acción ha ocupado mis horas los últimos meses. Despegar su presencia significa el derrumbe del sueño, poco se mantiene, los cuadros colapsan, cae el escenario, caen las personas, caen las nubes, se aplastan los árboles, las paredes, los vendedores, los semáforos, las señales, estallan las vitrinas, las lámparas y focos, se extinguen las luces, y por inmediato que pueda sonar, la desolación es lenta, son muchos los sueños que ahora levantan polvo de los escombros.

A.

Desaparecer es fácil. Es la primero que busco al estar aquí, tanta gente y nadie se percata de nadie, todos somos un cuerpo que salta, suda y se contorsiona, la energía mueve, los gritos, las risas, los roces nacen y se pierden. En lugares así las cosas no significan nada, las miradas no significan nada, los sueños no significan nada, las palabras no significan nada. Uno está perdido, uno no es solo ni es parte, uno flota, el ruido te quita los sonidos, las luces te quitan los colores, la batería explota, en ese sonido hondo dentro del pecho, se escucha como el bajo pisa escaleras, la guitarra se conecta en el cuerpo, un cuerpo eléctrico vive, la música juega con nosotros, nos empuja, nos sacude, nos arrastra de una esquina a otra y no hay nombres, ni rostros. Aquí no hay nadie, aquí un suicidio colectivo de unas horas.

Al pisar la tierra otra vez, al sentir el cuerpo débil y a las personas regresando a sus máscaras y trajes habituales me siento en peligro. Aparezco aquí. Tiemblo. Tomo el celular y escribo tus letras.

II.

¿Le quitaste el nombre a los días? Y las horas y sus respectivos minutos y segundos. Bien, eso nos servirá. El ejercicio provino de ella, no lo encontró en libros, no lo escuchó de nadie, eran sus pulsiones convertidas en actos, agarraba una pulsión, la inflaba, la torcía, le daba vueltas, cuando elaboraba sus ideas se podía escuchar como giraban  hasta que ella volteaba y le exponía las instrucciones.

Para este ejercicio no puedes estar atrás. Requiero tus ojos. Pero eres tú la que no mira a los ojos. Lo intentaré esta vez. Ella comenzó a mirarlo. A mantener fijos los ojos, a hundirse en ellos, el lo había intentado antes, aunque un poco accidentado porque usualmente ella lo evitaba, entonces entraba a golpes o en inmersiones bruscas en los ojos, algunas veces conseguía entrar. Cuando ella comenzó a mirarlo entró de lleno y alcanzó el sitio más profundo. Él no sabía dónde esconder sus ojos y eludir su mirada otra vez.

Le acarició el rostro. Piensas mucho. No se puede dejar de pensar. Claro que se puede dejar de pensar, es fácil. Pensar es otra palabra para imaginar, no me gustaría dejarlo de hacer. Tú imagina y yo floto.

R. (II)

Estar mucho tiempo en casa me descompone. Preparé la pintura blanca y el rodillo. Sentí como si pasara una navaja por tu espalda.  Me quedé un rato recostado en tu color. La pared volvió a quedar amarilla.

Correr me sujeta. Concede la sensación de que los días acaban. Correr es pisarte, elevarme en banquetas, subirte en escaleras, es tu perfil siguiéndome en las paredes, es extraviarte, es deshacerme de ti. Es moverse lento para que me alcances. Es seguirte el paso hasta perdernos. Es extrañarte.

A. (II)

Ese otro espacio, infinito, oscuro, resonante. Audífonos fuera, aire en las orejas, árboles en los oídos. Mi rostro encima de la cama, los golpes de la noche, el tiempo encerrado en cristales de sudor. Las piernas tiemblan, las heridas abiertas, sólo los ojos sangran.

Desorden del cuerpo. Sé que estoy a punto de levantarme pero no sé dónde empezar. Dónde los dedos, dónde los pies, si pudiera empezar por el ombligo o por la espalda para sacarme de aquí, si fuera con ese impulso otro de sus dedos, de su voz soplándome el cuerpo, ese breve suspiro que empuja todo. Me quema la espalda de no sentir, sólo el frio de la nieve que no se derrite, desorden del tiempo, el instante se tensa, la luz se cuelga en el espacio, mi respiración es una cuerda recta donde nada se columpia, el mar en mi interior no suena.

Y tampoco pasó nada emocionante ahí. Desorden del nombre, las palabras flotan en la habitación y van a morirse a los rincones, en algún momento una boca, un cuerpo, unas manos, penetraciones superficiales, luego, la salida, la ciudad y sus esquinas salvajes y la noche se va llenando de lugares equivocados, de horas equivocadas, de preguntas sin respuesta, empieza el ruido, me coloco los audífonos, el ruido cesa.

Desorden del silencio. Nada está en su lugar. Sé que estoy a punto de decirte lo que me pasa pero siento la boca seca.

R. (III)

En la carretera se imaginan muchas cosas. Alguien dijo que los faros del auto nos revelan en frente la película que somos. Miro los más incómodos, los imaginarios, los guardados en la habitación con llave puesta, los que inventamos girando hojas de papel en el aire, los que cuelgan todavía en mis dedos y este vehículo y este volante son un viejo modelo para armar sin nada adentro. Huir es fácil, me la he pasado huyendo toda la vida, saliendo siempre, de otras manos, otras bocas, otras piernas, escapando de las horas que nos definen, que le dan nombre a nuestros pasos, de unos meses a hoy, de unas personas hasta acá, sólo siento que escapo, que abro los ojos y tengo que correr y tengo que hacer arena las palabras y los caminos para que nadie me siga.

Conforme las luces viejas de las estrellas se extinguen y las lámparas se van apagando la carretera se convierte en la sombra de un lobo que me espera. Piso el freno. Espero con la noche y el sonido de las intermitentes a un lado de la autopista. El cuerpo cansado. Amanece. Se levanta otro día sin nombre. Tomo el celular y escribo tus letras.

A. (III)

Soledad es otra palabra para paz. Qué difícil es despegarse, no porque quiera si no porque no te lo permiten. Qué difícil tener en la espalda sombras, presencias, manos. Qué pesadas las voces que te encierran. El ruido de los demás. Salto, no requiero pensar en nada, sólo salto. Apartarse de una piedra, a otra piedra. Sentarme y que los dedos se llenen de tierra. A lo lejos se mueve un animalito, tiene un nombre común, le llaman puercoespín, se pierde en la maleza.

Silencio es otra palabra para paz igual. Silencio fue lo más difícil. Pero tenías muchas melodías que valían la pena. Se va haciendo azul el bosque, el puercoespín aparece. ¿Qué otro nombre le hubieras dado? Para mí es un puercoespín y es bonito tal y cómo está. Pero ¿qué otra fantasía le hubieras estallado? Para mí no es fácil. Eso de usar las palabras, eso de imaginar otros seres, otros animales, otras creaciones, eso de poner de cabeza el mundo. Podía sentarme y ver ese otro significado que le diste a las cosas, ver árboles y sus aves propias, muros con voces, una canción diferente en cada banqueta, en cada piedra, en cada estación de metro o autobús. Flotar en tu imaginación era mi juego favorito.

III.

Tuve un mal sueño. ¿Qué ocurrió? Estaba jugando en la arena y una sombra comenzó a seguirme, intenté correr pero los pies se hundían, comencé a temblar hasta que sentí tu mano en mi cuerpo y salí del sueño.

Algunos minutos se deslizaron por la habitación y sus dedos caminaron sobre su vientre.

 Cuando estabas lejos aparecías con un paraguas, al principio no veía tu cara, otras veces tenías un aspecto distinto, pero eras tú, aunque no mirara tu cara, tienes un rostro difícil de memorizar, si me ponía a temblar aparecías con tu paraguas. No hay nadie atrás de ti. Tú estás atrás de mí. Hoy sí, pero no hay nadie atrás de ti. Tú no sabes de eso. No, no sé. Quédate atrás de mí.

Si nos hubiéramos conocido en este lugar, ¿qué habría pasado? Los dedos se detienen ante un muro de sombras en la cintura. No lo sé. Los dedos caminan sobre una cuerda negra que dibujan las luces sin cuerpo atrás de las ventanas. Catorce veces me hubiera enamorado de ti. ¿Son catorce días? Catorce días.

René May.

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