Registro de causantes (II)

El sueño y la música se registran como el lado contrario de la cinta de casete. Quiero decir que la correspondencia oculta entre una canción y nosotros se revela en el cuarto oscuro del sueño. Por vivencia o fantasía una canción se habita: breves cuadros de momentos.

Para mencionar algunos: una calle después de la lluvia, la escucha atenta a una conversación sin tema, los restos de un castillo, una noche y el silencio, las risas de los amigos, las letras en un libro, la mirada distante, un abdomen desnudo acostado en la arena, el cajón del nombre de alguien.

En la vigilia, una canción tiene su fondo y forma, su breve viaje en el sonido y el espacio, un paseo que se va definiendo con cada repetición de track, un color, un sabor y una sensación conocida, calibrada en nuestro cuerpo.

Requiere el acto de dormir la reproducción del lado contrario de la canción: Dentro, el escenario se muestra interminable e inacabado. Dentro siento el agua en los tenis, escucho tu voz hablar de un tema que no comprendo, pero escucho tu voz, escucho a la noche y sus grillos en forma de luces, me interno en las ruinas de esos muros y siento el rostro frio de las piedras, siento tus manos y tu risa –interminable e inacaba todavía- miro tu rostro cortado por las sombras, miro que esperas en un sitio de arena, miro que has salido de entre las piedras, tomo tu cintura, me acuesto con tu cintura y tus manos que vienen de lejos, te conozco otra vez, tienes un color, un sabor y una sensación diferente en cada lugar de ti, fluyes en mis transmisiones eléctricas.

Uno detiene el reproductor y no sabe en cuantas canciones ha estado, pero sabe que existen canciones que han guardado un nombre y algunos lugares y es difícil saber cuánto tiempo seguirán ahí.

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