Registro de causantes. (I)


2011/12/26

La primera de las cosas se acerca más a una cualidad. La mayor parte de mi vida ella fue invisible. Si busco, no poseo objeto alguno que tenga que ver con ella. El único lo lancé en un odio ritualista al mar. Entre avergonzado y arrepentido me quedé parado en la arena para ver si las olas lo regresaban. No existen notas, ni objetos que guarden un registro. Los mensajes los borré hace mucho. Aunque todavía guardo – digo que por accidente y olvido, aunque ninguna de esas cosas existe realmente- una foto donde aparece su brazo extendido en una especie de balcón.

Pocas veces hablé de ella y los que me escucharon tal vez pensaron que hablaba de una persona imaginaria. Si reinvento una conversación sobre ella sonaría a que mi imaginación se desbordó: hablé, tal vez, sobre su cuerpo, su forma de ver las cosas, las miradas que reservaron sus ojos, la música en su voz, incluso, me imaginé su silencio.

Hablo lo necesario, pienso. Mi reino del silencio es amplio. Es equiparable al mundo físico, donde corro y siento calor o frío. He pretendido conjuntar el mundo interior y el mundo exterior y sentirlos al mismo tiempo. Siquiera que vayan en paralelo y pueda hacer rápidos cambios de uno a otro, hasta que sea imperceptible. Nadie sospecharía que alguna vez, en primer lugar, le escribí cartas, le compartí canciones, soñé junto a ella en la distancia, y después, nadie supondría que alguna vez la abracé, besé sus hombros y su rostro, miré horizontes por encima de su cabello, acaricié sus brazos queriendo que no terminaran y volvía a comenzar, miré la noche sintiendo sus dedos, la miré dormir y escuché un sueño de ella a las 2 de la mañana. Aunque corra, mire los caminos y me detenga mi reino del silencio está lleno de su espíritu: de mensajes, tactos y sonidos, mi reino del silencio funciona todavía por la energía que de ella queda.

Con suerte, algún día mis manos no se extenderán al espacio, no intentarán un movimiento sobre el vacio, con mucha suerte, no sentiré sus movimientos en los míos y no pondré canciones que crea que también sus oídos guardan. Si sé manejarme bien, tal vez nadie note y tenga nunca el presagio que sé lo que es arder.

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