I. Gran Jefe Adoum

Intentaré un pequeño orden:  un acomodo de las voces que han hecho más admisible mi  caminar por este mundo. Esos viejos que son hijos de la misma madre, que comparten los mismos ojos y que sobretodo han heredado ese extraño entendimiento del lenguaje por el que uno se sabe menos solo, por el que uno se entiende en la voz de otro.

Me gustaría – y es mi deseo- ubicar al menos uno (el que me ha sido más significativo) de cada país de América. A ver que tal se da.

Jorge Enrique Adoum (Ecuador 1926 – 2009)

Qué ganas de empezar de nuevo, de volver a la inicial de la ternura, diciéndonos que quizás de aquí a diez mil años seremos tal vez otra vez inocentes, otra vez humanos, capaces de inventar cada vez la caricia primera y hay ganas de convocar a las madres también para que aprendan aunque sea a deshora

El amor desenterrado

Ven luego, ven a mi lado, ven sobre mí, ven a debajo: hagamos el amor y deshagámoslo sólo para rehacerlo… A veces soy feliz, pero amanece. Digo: Te amo, cuando me despierto, como otros se saludan. Digo: Te amo, cuando me desvisto, como otros se persignan. Y entre los dos crepúsculos –paréntesis de otra pólvora–, entre las dos refriegas, la batalla, un solo cinturón para los dos. Di contigo de bruces, me enamoré a caballo, y no me iré de ti, no me des tregua, si concéntricos vamos a esta ocupación de amor y guerra y coincidimos en el alma sobre el vientre, como dos agujeros.

Tras la pólvora, Manuela

Rosana se levantará desnuda. Mientras camine le ocultará las nalgas con las manos, en un gesto que no es instintivo sino tonto porque cuando se inclina puede verle… …apenas audible incluso desde la cama para que nadie pudiera oír a Miles Davis desde el otro lado de la puerta. Habrá que regalarle otro disco a Desiderio, dirá ella regresando del tocadiscos como de la nostalgia de un país que no se conoce todavía y ocultándole los pechos con las manos. Hablaban en voz baja, más conspiración que nunca, a fin de que no se enteraran los vecinos. Alguien llamó a la puerta y contuvieron el aliento, querían contener con él el ruido de la sangre. Después siguió en el silencio el sobresalto, larguísimos minutos en los que él no la acariciaba para que no sonara su piel, no fumaban por el escándalo que hace el encendedor, no se cubrieron por el estruendo de las sábanas acartonadas de polvo de cuerpos que se frotan, pelos, secreciones. Se aferraron a la lógica, tratando de razonar desde lejos, pero era imposible porque estaban desnudos.

Entre Marx y una mujer desnuda.

Y te espero.  En estos meses largos,  del 1 al 30, y aún más, al 31,  cada tarde busco tu carta que no llega, como el sueño  a veces, busco trabajo, busco  una pieza, miro el mar con su pobre vecindario de alas y de mástiles, pregunto cuánto cuestan las cosas que nos faltan: una hamaca, diez minutos sin zozobra, un plato nada más y dos cucharas, y esa venganza que me golpea adentro como te golpearía el hijo a estas horas.

El desvelo y las noticias.

Para pasar el tiempo rehago mi diccionario, vuelvo a incluirle las palabras que taché en cuarenta años porque las escribían con mayúscula y pongo el significado otro que le diste a las cosas, por ejemplo allí donde decía “despertar: quitar el sueño al que está durmiendo”, escribo: “ganas de no dejarla ir y recomenzar la víspera al revés desde el mediodía” y rehago mi Larousse: Iéna no es más ciudad de Alemania ni victoria napoleónica sobre los prusianos, sino nuestra victoria sobre nuestro miedo a ser felices, el sitio donde amanecimos definitivos, metidos en el otro.

Mayo de 1968 (Siglo XXI)

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