Horai (II)

Querida Elizabeth, tengo una sensación indescriptible hacia Japón. La naturaleza aquí no es la naturaleza de los trópicos, tan espléndida, salvaje y omnipotentemente hermosa que siento en este momento que escribo el mismo dolor en mi corazón como cuando partí de Martinica. Esta es una naturaleza domesticada, que ama al hombre, y se hace bella para él en una quieta forma gris-y-azul como las mujeres japonesas, y los arboles parecen saber lo que la gente dice de ellos, -parecen tener pequeñas almas humanas…

…La última noche, el sirviente del gobernador Koteda vino a la casa con una vistosa caja, que contenía un obsequio de la Sra. Koteda, -un uguisu: el ave que canta el “Hokkekyo” y debe, por lo tanto, su piedad, de acuerdo al Sutra de los buenos principios, estar dotado con seiscientas buenas cualidades para el ojo, seicientas buenas cualidades para escuchar, mil doscientas buenas cualidades para el poder del olfato, y mil doscientas capacidades supernaturales para la lengua, o el discurso…

…En el camino hacia aquí me detuve en una villa muy primitiva donde hay fuentes volcánicas, y cada casa cercana tiene una “bañera natural” siempre caliente y fresca. El venerable anciado en cuya casa me detuve dijo que sólo una vez antes en toda su vida vio a un europeo, -no pudo decir si el europeo había sido un hombre o una mujer. El europeo tenía un cabello muy largo, de un color curioso, y usaba un largo vestido que alcanzaba sus pies, y sus modales eran gentiles y amables. Descubrí después que había sido una mujer misionera de Noruega, que tuvo el valor de viajar sola.

The life and letters of Lafcadio Hearn

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