Hablando a oscuras (I)

Sucede que ponemos los pies en la estación

Que por algún accidente  nos vimos demasiado cerca

Uno se da cuenta antes que el otro que por un momento nos hemos detenido

Y que el tren no nos conduce a ningún sitio.

No sé si nos creemos exentos del desastre pero un fuerte impulso de accidentarnos, de no estar en paz nos despierta.

Nos sentimos innecesarios, como un tercer ojo u otro vientre y en la conversación nos trasformamos, nos envolvemos  en el discurso del lobo y el conejo.

Es muy sencillo quebrarnos

Nos rompemos solos porque nada nos empuja o arrebata como nosotros mismos

Y es como si en el interior algo está listo para venirse abajo

Para desbaratarnos en el atropello de nuestro espíritu.

Nos herimos, nos fragmentamos  por esa increíble necesidad de recoger los pedazos juntos.

Estamos conscientes de que podríamos lidiar solos.

Solos entenderíamos mejor las cosas

Nos haríamos más capaces de tirar hacia el mundo.

Pero el terrible desafío de sabotearnos, de tener en la espalda un cuerpo que nos pese, que nos lleve la contra, que nos precipite sin dirección a un destino impreciso, de jugar las peores cartas apostando todo a esa bella insensatez del “I’d really like to live beside you, baby/  I love your body and your spirit and your clothes”

Y sabiendo que no jugamos

Que todo esto no ocurre a propósito

Que en verdad no nos entendemos y seguimos viajando por que nos place nuestra confusión particular, nuestro torcido abrazo de un par de cuerpos obstinados a romperse juntos.

Tal vez todo se trate de recrearnos en nuestro accidente, de ensuciarse uno al otro, de jugar siempre con el lodo y la lluvia.

Anuncios