Fragmentos (I): Un hombre que duerme – Georges Perec

Cuando se abre este libro es irremediable que en algún momento, sin que sepas cómo, te estarás leyendo en sus páginas y es tan efectiva la pócima que aún viendote en la trama no escaparás aunque quieras. Perec es un mago de la narración, conoce la sustancia de las palabras y las usa con una precisión que cuando llegan a uno parecen fuegos pirotécnicos, estallan y abarcan todo el espacio posible, son cuadros terminados, ejemplos enteros de la imagen necesaria que termina justo en el momento en que otra bella imagen entra. Lo único que me permito es expresar las sensaciones que me deja un libro en particular; hablar de su argumento, intentar una reseña nunca es tan convincente cómo el entusiasmo y la alegría de evocar un libro que ha dejado su huella en uno. Este espacio es para citas y espero con ellos dar una idea, despertar la curiosidad o abrir el misterio del que lea para tenerlo en cuenta en proximas lecturas.

Un día como éste, algo más tarde, algo más pronto, descubres sin sorpresa que algo no va bien, que, hablando en plata, no sabes vivir, que no sabrás jamás… Sin embargo no eres de esos que pasan sus horas de vigilia preguntándose si existen y porqué, de dónde vienen, qué son y dónde van. Nunca te has interrogado seriamente sobre qué es anterior, si el huevo o la gallina. Las inquietudes metafísicas no han cincelado notablemente los rasgos de tu noble rostro. Pero nada queda de esta trayectoria rectilínea, de este movimiento hacia delante, donde fuiste, desde siempre, invitado a reconocer tu vida, es decir, su sentido, su verdad, su tensión.

Esta es tu vida. Esto es lo que tienes. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de nada, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos.

Pero se paga un precio demasiado alto por estos dos pulgares oponibles, por la posición erguida, por la rotación imperfecta de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla que es la vida, estos miles y miles de requerimientos, de provocaciones, de amenazas, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de obligaciones que nunca se acaba, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de superar baches, de volver a empezar de nuevo una y otra vez, este dulce terror que insiste en regir cada día, cada hora de tu ínfima existencia!

La indiferencia disuelve el lenguaje, enturbia los signos. Eres paciente y no esperas, eres libre y no eliges, estás disponible y nada te moviliza. No pides nada, no exiges nada, no te impones nada. Oyes sin escuchar, ves sin mirar: las grietas de los techos, las tablillas de los parquets, el diseño de los baldosines, las arrugas que rodean tus ojos, los árboles, el agua, las piedras, los coches que pasan, las nubes que dibujan en el cielo formas de nubes… Nada se te escapa, pero todo lo captas demasiado tarde, siempre demasiado tarde, las sombras, los reflejos, los fallos, los quites, las sonrisas, los bostezos, la fatiga, el abandono.

Ninguna maldición te pesa sobre los hombros. Quizá seas un monstruo pero no un monstruo de los infiernos. No necesitas retorcerte, aullar. No te espera ninguna prueba, ninguna roca de Sísifo, no se te dará ninguna copa para de inmediato retirártela, ningún cuervo te sacará tus globos oculares, a ningún buitre se le ha inflingido la indigesta pena de manducarte el hígado mañana, tarde y noche. No tienes que arrastrarte ante tus jueces suplicando clemencia, implorando piedad. Nadie te condena y no has cometido falta alguna. Nadie te mira para girarse horrorizado de inmediato.

Encontré un fragmento (igual) de la película basada en el libro, espero lo disfruten.

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