Recuérdame a las siete

When i’m wake up in cascade street

i feel nothing

When i’m asleep in cascade street

i don’t remember

Rue des cascades – Yann Tiersen

Fue algo que dijo la primera noche y lo dijo con tanta seriedad que no imagino cómo se las arreglaba sola. La vez que pregunté la razón dijo que se trataba de una costumbre de su pueblo y que sin el arraigo de sus tradiciones qué quedaba de ella al final, a qué respondía, de dónde pertenecía.

En la convivencia surgían formas de entendernos, de acoplarnos sin muchos accidentes y si entre todo el ajuste ella podía decidir un movimiento voluntario sería que el yo la levantase a la hora que ella dijera. Despertadores o algún otro tipo de alarma no le servían.

Me agradó la idea, recién empezábamos  y ya teníamos un rito secreto, un pacto cotidiano en el que uno no funciona sin el otro. Nunca resultó inflexible en sus peticiones; podía decirme a las nueve o diez, hora en que yo llevaba ya tiempo despierto, otras seis o siete y entonces después de iluminar la habitación o abrir las cortinas era suficiente poner la mano sobre su brazo para que abriera los ojos.

Tenía un sueño muy ligero o fingía seguir durmiendo, lo que fuera nunca me molestó, me gustaba la segunda idea, creer que ella preparaba todo el escenario sólo para hacerme cumplir la promesa, que ella regresaba del sueño a la habitación antes que yo y esperaba a que pusiera mi mano sobre su brazo. Ella lo negó, no importaba el sigilo o el escándalo que utilizara, sólo pedía que la recordase a la hora dicha.

En la oscuridad y después, siempre después de decir o no decir, de abrazarse o rehuirse, de jugar en silencio al doble silencio –y es cómo si ella calculara el momento exacto de la oración impostergable- las palabras que cerraban la noche eran: Recuérdame a las… seis, siete, ocho, nueve, era lo último que se escuchaba  y yo de repente caía en el sueño más profundo.

Era el cuerpo más quieto en el túnel de las horas y parecía que el sueño la transportaba sin complicaciones al destino del día siguiente. Hubo una mitad de la noche en que tuve que levantarme y la escuché susurrar una melodía. Ella en su quietud de montaña, la música que encontró la salida del sueño a través de sus labios y yo del otro lado de la montaña sin descubrir el misterio. Tuve que pararme y mirar, me coloqué frente a ella y la canción me acarició los ojos, esos cantos que sólo en la voz de una mujer pueden arrullar a todos los niños de la tierra. Moví su cuerpo un poco, podíamos hacer café y tal vez hablaría de la canción, que fue igual una herencia de su pueblo, que le recuerda algún campo o un grupo de árboles o una especie de pájaros que sólo habitan dónde ella creció;  pero no se levantó y su boca escondió el sonido, lo intenté un poco más y no la pude zafar del sueño. No hay prisa, podía esperar a mañana.

Esa mañana no sólo se negó a contarme si no replicó mi conducta: quién era yo para arrebatarla de ese modo, qué derecho podía tener sobre su descanso. Le pregunté  entonces si la había despertado y dijo que eso era imposible pero una falta de respeto a la integridad del sueño tiene implicaciones dentro de él.

Esa noche, con la luz encendida, incluso antes de meternos en la cama y con la intención de enfadarla dije: A qué hora te despierto mañana. Ella dijo que no se trataba ni de despertar, ni de levantar, que son cosas muy distintas a recordarla y es algo que ya tendría que haber entendido.

Le pregunté qué pasaba en sus sueños, ella dijo que no era importante lo que sucedía, si no el descanso, que las cosas acá no eran fáciles. Si no era tan secreto podía contarme el contenido de sus sueños, respondió que varían, no está en un mismo sitio, pero se relaja y puede hacer lo que quiera, preguntó si acaso no soñaba, le dije que hace mucho no tenía uno, tranquila agregó que eso no estaba bien, que tenía que hacer algo para remediarlo. Recuérdame a las siete a lo que respondí: Y si lo olvido. Tardó tiempo para que en la oscuridad escuchara: No sentiré nada.

A las seis de la mañana no tenía sueño, en algún momento empezó a musitar, la escuché aún acostado junto a ella; Alrededor de las seis y media sus labios volvieron a dormirse, pensé en lo último que dijo: Si no sentiría nada qué importancia tenía que la despertase, podría seguir el sueño, levantarse de mejor humor y que algunas cosas no la deprimieran tanto, aunque con cinco, siete, nueve horas dormida no había mucha diferencia, tarde o temprano se quedaba callada y era difícil sacarla del trance. Tomé mi reproductor, amanecía, no abrí las cortinas, ella a mi lado seguía durmiendo, Lista de reproducción – canciones – repetir – la canción solamente, fin de semana, se duerme más los fines de semana, otra canción, otra, hey, son las ocho, mis dedos hacen cosquillas en sus brazos, hey, hey, haré café, qué te gustaría que hagamos hoy. Ella no sintió nada.

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